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El juguito es auspiciado por la Sociedad Interamericana del Ocio y la pérdida del tiempo. Su autor prefiere congraciarse con la hueva del lector y omite una descripción que considera, a todas luces, tan inútil y fragmentaria como su vida.

jueves, octubre 13, 2005

Esta blogósfera ha sido auspiciada por la Sociedad Interamericana del Ocio y la Pérdida del Tiempo Libre. El autor ha preferido congraciarse con la hueva del lector y omitir sus característicos accesos de comezón en los testículos, así como sus bostezos y las descripciones que entorpecen el caleidoscopio de su imaginación infructuosa. Asimismo, el autor ofrece una sincera disculpa por su escaso talento e invita a que lean sus obras póstumas, toda vez que a éstas dedica, por hoy, sus inútiles esfuerzos.
Posted by: Javier / 5:15 PM

Sostiene Alano

Por Javier González Cárdenas

Me gusta platicar con Cló porque es la única entre mis amigos que me ha levantado el ánimo después de mi rompimiento con Clarissa. Tres años compartiendo la cama con la misma mujer no es cualquier cosa, y menos después de que anduvo rolando entre mis compas unas fotografías en las que aparezco en paños menores y en situaciones vergonzosas. Fotografías en las que se me ve en calzones lavando la taza del baño o barriendo la cocina, esa cocina que extraño y que Clarissa y yo compartimos por más de un año. Toda esa vergüenza me la tengo que tragar porque a Clarissa se le ocurrió prestarle los negativos de una fiesta a Rodolfo Gandarilla y éste, en vez de limitarse a imprimir las fotos del party, acabó imprimiendo también nuestras fotos personales. “Es lo malo de combinar fotos de fiestas con fotos privadas” –se limitó a decir Rodolfo, luego de que me lo encontré compartiendo su descubrimiento con los demás empleados en el comedor del Centro. Mis compañeros no me bajaban de mandilón y de pussy. Hasta tuve que aguantar las miradas burlonas de los intendentes. Y todo para qué, como dice la canción, tanto apechugar chingaderas para que Clarissa me trapeara el seso con mis debilidades. Y uno qué va a saber que su morra se iba arrejuntar con el Subdirector del Centro. Lo malo es verla llegar al trabajo todos los días abrazadita del Sub. Eso y lo otro: su predilección por las faldas cortitas que me hacen rabiar de deseo y rencor.

Prefería juntarme con Cló, aunque me tuviera lástima. Prefería atender sus consejos en vez de seguir escuchando los improperios y las guasadas de quienes decían llamarse mis amigos. Después de que Clarissa quebrantó nuestro nido de amor, Rodolfo se dedicó a hacer escarnio de mi pesadumbre. ¿Pues a cuántas morras te has echado al plato?, preguntó. Sólo a Clarissa, confesé. Con razón andas tan jodido compadre. ¿Y ella, a cuántos se ha echado?, insistió. Pos nomás se ha acostado conmigo, dije. De eso nunca puedes estar seguro hermano, pero si eso fuera cierto, pos luego luego se explica porqué te dejó Clarissa. A estas alturas ninguna morra se puede consolar con una sola gaver. Esa es la verdá. Además, todos queremos ir más allá. Nadie se conforma con una sola pareja en su vida. La vida es para vivirse mi hermano. Es lógico que Clarissa quiera explorar la cama con otros, contimás cuando tú has tenido una sola experiencia. Te pudiste acostar mil veces con Clarissa, pero eso cuenta como una sola experiencia. Para curtirse hay que subirse al ring con otros contrincantes, no puedes quedarte a boxear con un solo púgil, así nunca terminas de cuajar en el arte de la cogida.

Supuse que Rodolfo tenía razón, mi vida sexual no terminaba con Clarissa, así que me propuse obtener la experiencia necesaria para salir adelante. Decidí hacer exactamente lo que Rodolfo me había indicado. Me dediqué a visitar uno de los burdeles que me recomendó. Al principio me pareció extraño que un hombre casado conociera bien esos ambientes, pero supuse que por algo Rodolfo me llevaba varios años y vivía felizmente casado. Cuando le dije que me la pasé todo el fin de semana en el Túnel Rosa –así se llamaba el congal-, casi se caga de la risa. Me dijo que todo había sido una broma y que el mentado Túnel Rosa era un burdel de travestis. Yo le aseguré que no, y para sacarlo de dudas le mostré las fotografías que había tomado con la cámara de mi celular modelo M-EKUS 45. Yo pensé que en los congales no te dejaban tomar fotos, me dijo. Pobre wey, pensé, se nota que la vida conyugal lo tiene alejado de los nuevos avances de la telefonía celular. Le expliqué que lo único bueno que me dejó la separación fue darme el lujo de invertir en nuevos juguetitos, y que el M-EKUS 45 era un celular que podía tomar fotos a discreción, esto es, sin necesidad de abrirlo para enfocar el objetivo de la foto. No seas gacho Alano, mándame las fotos a mi correo electrónico, ¿no? Simón, le dije. ¿Y cómo te fue con las putas?, preguntó Rodolfo. Por falta de cultura en materia de educación sexual me vi impelido a soltarle la sopa. Le conté que al primer acostón una de las prostis se sacó de onda cuando al final del coito no pude separarme de ella, a causa de la cotidiana hinchazón que se me presentó en el glande. ¿No pudiste o no quisiste?, preguntó. Entonces le confesé que todos mis encuentros sexuales con Clarissa habían sido así: al final, cuando me venía, se me hinchaba el miembro y me resultaba difícil extraerlo de su vagina. La verdad –le dije-, yo siempre creí que eso era normal, pero como quería convertirme en un experto del sexo y la calentura no se me bajaba, esa misma noche me acosté con otra prosti que también se sacó de onda y me dijo que eso sólo le pasaba a los perros. No mames, dijo Rodolfo, eso no es normal cabrón, me late que tienes que ir al doctor. Pues con razón te botó Clarissa. No mames, eso es peor que la sodomía. Pobre Clarissa, imagínatela, le estabas destrozando la panocha. Rodolfo se alejó de mí, doblándose de risa por el pasillo principal del Centro.

Debo admitir, a riesgo de sonar cursi, que no me dolió tanto la risa de Rodolfo como me dolió su última frase. El resto del día, sumido en la chamba, no dejaba de escuchar: “pobre Clarissa, imagínatela, le estabas destrozando la panocha”. Debo aceptar que seguía pensando en Clarissa, incluso cuando subí las fotos de las putas a la computadora para enviarlas al imeil de Rodolfo. Con todo y eso, seguía recordándola, imaginándomela en los rostros de las prostis. Ese mismo día, para acabarla de chingar, mi amigo Rodolfo se dedicó a esparcir el rumor de que a causa de mi separación, la calentura me traía jodido y que, por despecho, me gastaba las quincenas en las prostitutas de un tugurio de mala muerte. Muchas de las secretarias que antes me saludaban con gusto –o con lástima- dejaron de hacerlo. Para colmo de males, en uno de tantos forwards, las fotos llegaron a la bandeja del correo electrónico del Sub. Entonces se armó la gorda. El Sub me mandó llamar. Entré a su despacho y no paró de hablar de la miseria de hombre en que me estaba convirtiendo. “Oye Alano –dijo el Sub-, no voy a hablarte de superior a subordinado, porque hay cosas que merecen otro tono, otro tipo de consideraciones. Tampoco quiero insinuar que tu comportamiento afecta la imagen de la institución, pero me preocupa tu estado psicológico, y me preocupa que todo el mundo esté enterado de cómo te parrandeas el sueldo en los prostíbulos. De hombre a hombre te digo que te estás convirtiendo en un remedo de ser humano. Esto me preocupa porque tu vida privada sólo debe ser de tu incumbencia y de nadie más. Estas fotografías que llegaron a mi correo electrónico llevan tu firma. ¿Qué no sabes que todos los mensajes de correo electrónico incluyen el nombre del remitente? Te lo digo como amigo, y no como superior: si cuidas tu reputación también cuidas la imagen de la institución. ¿Cómo puedes permitir que todas las secretarias del CEMAC se enteren de tus bajezas? Un hombre debe ser sarcófago de sus pecados, y no andarlos pregonando a los mil vientos. Hasta para eso hay que usar la ética. No es ético andar presumiendo las aventuras de uno. Y ésas fotos que enviaste son de mal gusto. Se nota que no te ha servido de nada trabajar en el Departamento de Artes Visuales todos estos años. Confío en que esta escena no se volverá a repetir, de lo contrario no me dejarás otra alternativa que actuar con mano dura. Puedes retirarte”.

Al salir de su oficina las secretarias me pusieron caras de reproche y me fui directo a la cafetería a comprar una bolsa de tostitos para alivianarme la cruda. Ya ni Angélica, la cajera de la cafetería, se dignó a saludarme, y cuando quise entregarle la feria me dijo que la colocara sobre el mostrador. Por lo visto tenía miedo de que le contagiara una infección. Me hubiera gustado gritarle que siempre uso condón cuando me meto con las putas y que utilizo guantes de látex para acariciarles el puerquecito, pero me contuve con tal de no darle la razón.

A la hora de la comida Cló también me lanzó una mirada de rechazo, pero su buena educación le impidió retirarme la palabra. ¿Qué te dijo el Sub? –me preguntó Cló.

- Me habló de ética el culero –le dije, un tanto alterado-, qué pinchi cinismo me cae. Como si fuera ético bajarle la novia a sus subordinados. Lo que más me cayó de a madre fue que dijo que mis fotos eran de mal gusto, pero el puto bien que autoriza las fotos de viejas encueradas en las exposiciones, desde teiboleras hasta mujeres embarazadas, dizque representando la sensualidad de la mujer. Son chingaderas.

- Es que tú también ya ni la haces Alano –dijo Cló-, ¿cómo se te ocurre pasarle las fotos a Rodolfo Gandarilla si sabes que te tiene envidia porque a él le toca el trabajo administrativo y tú te la pachangueas en el Departamento de Artes Visuales y Vacíos Performáticos?

- Entiéndeme poquito Cló –dije-, entiende que desde que Clarissa me mando al diablo me siento oxidado, como si me rechinaran las coyunturas, y necesito amigos en este momento, amigos que también me guíen para no quedarme sumido en la inercia del dolor. Son los únicos que pueden orientarme en esto, o ni modo que tú me acompañes a los congales. O ya mínimo me presentaras a una de tus amigas, pero ni eso.

- Te doy la razón –consintió Cló-, pero tú solito te la pones difícil, porque con esa reputación que te estás labrando no vas a pescar ni una pulmonía. Lo único que puedo hacer por ti es aconsejarte que no te juntes con esos envidiosos, porque nomás están sobres de tu chamba. Se nota a leguas que te quieren hacer quedar mal con el Sub. Pero es tu rollo. Tú sabrás lo que haces.

Era probable –muy probablemente, dijera mi amigo el Indio- que Rodolfo Gandarilla y el Tito Buenaventura me tuvieran envidia por trabajar en el Departamento de Artes Visuales y Vacíos Performáticos. Nunca creí que sus bromas tuvieran la intención de enemistarme con el Sub, hasta que al siguiente día empezaron a aparecer condones usados en mi escritorio. Por fortuna siempre llegaba quince minutos antes de las ocho. Eso me daba tiempo para deshacerme del condón antes de que arribara Soraya, mi asistente. En esos días, para colmo de males, me hice de palabras con un pintorcillo de segunda que se las daba de exquisito. En realidad pintaba cuadros decorativos y los hacía pasar por arte abstracto, pero nadie le podía hacer el feo a Carlos Herpez porque se llevaba de palmada y pellizco con el Sub. Era uno de los artistas intocables del CEMAC. Por desgracia ese día me topé a Clarissa besándose con el Sub, antes de bajarse de su auto, y el Herpez me agarró en un irascible estado de ánimo. Encima de todo el seudo – pintor le tomó una fotografía al yogurt chorreado que estaba sobre mi escritorio y dijo que pensaba mostrarla en su siguiente exposición, porque dizque “simbolizaba la eterna gula de la burocracia”. Después de semejante burla todavía me pidió prestado un vehículo institucional para trasladar uno de sus cuadros a la casa de un cliente. Me negué rotundamente arguyendo que debía solicitar ese servicio con tres días de anticipación y me tildó de inepto y desconsiderado. Me llamó roedor institucional, delante de Soraya, y alegó que el trato que le dábamos era injusto, y que si fuera un pintor proveniente del defe o extranjero, de volada le hubiésemos conseguido un raite. También amenazó con soltar un periodicazo donde expondría mi nombre y las injusticias burocráticas del Centro Municipal de Arte y Costura (CEMAC).

- Te van a llamar la atención Alano –profirió Soraya-, ¿no te da miedo que le llegue la noticia al Sub? El cuadro estaba muy grande, el pobre no lo puede trasladar a pie.

- Estos pintores tienen que aprender a tratarnos bien –le dije a Soraya, en tono pedagógico-, si te dejas te cogen estos cabrones. Por ese cuadro mínimo le pagan dos mil dólares, y todavía se pone a exigir como si el CEMAC fuera suyo. Tú eres testigo. Yo nunca me negué a proporcionarle transporte, sólo le sugerí que hiciera sus solicitudes con tiempo. De un día para otro no se puede. Además, así sirve que se acostumbra a pintar cuadros más chicos. Si no tienes auto, pues entonces dedícate a la fotografía. Es más fácil transportarla –concluí.

El viernes de esa misma semana, ni tardo ni perezoso, el Sub me mandó llamar. Como era de esperarse me sermoneó acerca del trato preferencial que debían rec

Posted by: Javier / 4:38 PM

viernes, septiembre 09, 2005


EL DENTISTA FRONTERIZO

Soy dentista en la Frontera
Le quito el dólar al gringo
Sin seguro y sin chequera
No puede dar ni un respingo
Se divorció de su güera
Ya no le queda ni un quinto

La economía anda de malas
Para los pobres güeritos
Los dentistas se la jalan
Con esos precios de ricos
En la Unión Americana
Hasta el Tío Sam pega el brinco

Acá en Tijuana el dentista
Es el mejor ciudadano
El dinero le da risa
Cuando tripea a sus paisanos
Que andan cruzando de prisa
Para el lado americano

Las franquicias extranjeras
De consultorios dentales
No tienen la resistencia
De las multinacionales
Ni la adecuada sapiencia
Contra los males orales

El dentista en la frontera
Siempre les parte la madre
Es el Señor Experiencia
De las cuestiones bucales
Y para colmo de males
Se queda con la clientela.

Soy dentista en la Frontera
Le quito el dólar al gringo
Sin seguro y sin chequera
No puede dar ni un respingo
Se divorció de su güera
Y ya no le queda ni un quinto




Curo al norteamericano
Nacido para perder
El dinero no le alcanza
Para encontrar el placer
Sus dientes ya están jodidos
Ya no le van a crecer

La caries fue atravesando
De nogales a Tijuana
El dentista ha ido cruzando
Su material por la aduana
Allá le sale barato
Y en Tijuana siempre gana

México anda buscando
Inversión americana
Pero se la anda pelando
Porque los gringos le sacan
A invertir en un país
En donde rifa la mafia

A cada rato secuestran
Al que se planta en Tijuana
En esta linda ciudad
Te encajuelan o te raptan
El gobierno ya no puede
Contra la fuerza del hampa

Estamos a la conquista
Del plan globalizador
Aquí en mi tierra el dentista
Siempre es francotirador
Contra la ley malinchista
De la Frontera el Señor

El corazón no me tiento
Pa’ clavarle el diente al güero
Le exprimo la billetera
La verdad ya ni la amuelo
En esta linda Frontera
El dentista tiene fuero

No requiero publicistas
Pa’ anunciar mi consultorio
Está ciudad fue velorio
de Luis Donaldo Colossio
Les paso ya mi tarjeta
Dentimundo es mi negocio

Curo al norteamericano
Nacido para perder
El dinero no le alcanza
Para encontrar el placer
Sus dientes ya están jodidos
Ya no le van a crecer




Posted by: Javier / 7:35 PM

viernes, septiembre 02, 2005


When I see the sea once more will the sea have seen or not seen me?
D.H. Lawrence
Posted by: Javier / 4:24 PM

martes, marzo 08, 2005

Luna creciente: una forma sofisticada de ficción

Por Javier González Cárdenas
javiergonzalezcardenas@yahoo.com.mx


Luna creciente. Contrapoéticas norteamericanas del siglo XX detalla el proceso mediante el cual la innovación literaria, y sobre todo poética, ha sido posible, a lo largo de la historia, desde 1874 con la presencia de Gertrude Stein –atravesando por el surgimiento de las vanguardias europeas-, hasta la actualidad. Ese proceso es el que le compete al diálogo profundo, que no es sinónimo del diálogo que surge entre los hacedores de la literatura sino del que se gesta entre sus poéticas y la puesta en práctica de las mismas. Si bien, esta investigación aborda los hallazgos de las poéticas norteamericanas, también es una exploración que estira sus propios límites al pormenorizar, de entrada, el profundo influjo revolucionario que la literatura europea ejerció sobre éstas y otras poéticas, ya no digamos los constantes guiños y puntos de vista que los poetas norteamericanos intercambiaron entre ellos mismos de manera consciente o inconsciente, en sus respectivos casos.
Este imprescindible estudio sobre las poéticas norteamericanas de mediados del siglo XX es sorprendente en tanto que nos obliga a revalorar la complejidad escritural –temática y formal- de la poesía. Además, resulta fácil permanecer dinámicamente atento a los hallazgos que Yépez deslinda con excelente factura literaria. Uno queda devotamente convencido de que el devenir de la poesía depende de la continuidad del diálogo con las poéticas y del poema como fiel resultado o síntesis de este diálogo, de manera que el acto de poetizar arroje nuevas luces concordantes con nuestro tiempo, con nuestra época siempre tan necesitada de actos literarios que sacudan la escasez de lectores y le devuelvan a las letras su capacidad de deslumbrar, de sembrar a diestra y siniestra el extrañamiento.
Se trata de un trabajo de investigación que no sólo ahonda en el poema y en aquello que constituye su materia intrínseca, pues además navega con brújula precisa en el generador primordial de la escritura poética –y de la oralidad y corporalidad poética respectivamente- que es el proceso en el que el contrapoeta encuentra el auténtico ser de la poesía. Así, Luna creciente nos invita a descubrir poemas que no hemos leído, las bases de una contrapoesía o antipoesía que ni siquiera sospechábamos o en todo caso visualizábamos con dificultad. Para el poeta es una invitación a reescribirlo todo, bajo la lupa de la innovación si esto fuera posible. Por lo pronto, para el poeta se trata de un reto difícil de eludir, pues queda claro que sólo la conciencia inclusiva del universo poético, aquella que es capaz de vislumbrar el inmenso abanico de las poéticas y la continuidad de sus transgresiones, hará posible la superación de la poesía por la poesía.
Pareciera, de pronto, que la inaudita concatenación de poéticas que Yépez examina, está a punto de proponer la disolución del poema o, de plano, la muerte de la poesía misma, hasta que encontramos la siguiente reflexión de Nicholas Vrankovich: “…en un buen momento del futuro, olvidaremos cómo eran los poemas del pasado (pues ya habrán transcurrido varias décadas desde que se dejó de escribir poemas) y, entonces, utilizaremos las colecciones de poética para a partir de ellas rehacer la poesía por completo” (pág. 74). Esta no es la propuesta del lunático ensayista, por supuesto. Su preocupación primordial –lo reitera al principio y al final del libro- es erradicar nuestra postura prejuiciosa frente a la poesía estadounidense y dar cuenta de las posibles razones por las que el lector y escritor mexicanos han preferido evadir el estudio de las contrapoéticas norteamericanas. “Creo que además de la frontera ardua del idioma –sugiere Yépez-, hay dos razones socioculturales: el resentimiento histórico que ha determinado que lo norteamericano sea visto como enemigo natural de nuestra cultura y como agente del colonialismo que, por lo tanto, no debemos promover ni estimar por encima de lo nacional…” (pág. 138).
El ensayista de Luna creciente apela a la sabiduría de la inclusividad. Evita ningunear a las minorías que dieron voz a sus pueblos y credos mediante el acto de poetizar en un país ajeno al suyo, como es el caso de los poetas chicanos y afroamericanos. Se revela conciente de los terrenos accidentados del poema y de la imprescindible evolución de la poesía que nos evita la pena de contemplar un cadáver literario. En este sentido, se erige como heredero de un pensamiento humanista superior al paceano. Lejos de toda ebriedad egocentrista y prejuiciosa, reconoce las necesidades sociales del poeta y de su compromiso con las modalidades alternas e inclusivas del poetizar. Al respecto vale la pena citar a Alurista, uno de los inventores o popularizadores del spanglish:

“…Una de las responsabilidades del escritor es usar el lenguaje popular… Yo no soy el autor de mi poesía. No soy el autor de mis palabras, de mis imágenes ni de mis metáforas. Soy el tejedor de esas cosas” (pág. 92).

Yépez puntualiza, sin empacho, las arbitrariedades en que incurre la tradición literaria latinoamericana al devaluar y/o marginar la oralidad en el proceso creativo de la poesía. Evidencia a Octavio Paz como uno de los puntales de esta marginación que ha marcado a la poesía escrita en spanglish y advierte que en El laberinto de la soledad el chicano es tratado despectivamente, “negativamente escindido en cuanto a su identidad cultural”. Agrega Yépez:

“Respecto al recurso interlingüe, Paz también tuvo un juicio negativo. Véase, por ejemplo, el comentario: ‘…esa lengua híbrida que no hay más remedio que llamar espaninglish…’, que escribió Octavio Paz peyorativamente (‘Un catálogo descabalado’, 1973). Para Paz, como para la mayoría de los hispanoamericanos, el spanglish es sinónimo de ignorancia o de confusión entre dos identidades”(pág. 91).

Luna creciente nos invita a revalorar el peso fonológico de la poesía, su dependencia del cuerpo y de los protagonistas (los sujetos poéticos reales) que le infundieron vida al verso contrapoético norteamericano: un verso enjundioso, poelítico, ecopoético, etnopoético, proyectivo, revigorizado por la energía revolucionaria de actores sociales que encontraron, en el quehacer poético y en la renuncia al “yo tradicional”, el vehículo idóneo para promover un cambio de actitud en una sociedad narcisista y decadente. “El éxito de la literatura de posguerra vino de los nuevos cuerpos que estaban haciendo la poesía” (pág. 129). Con esta frase, Yépez se refiere a las mujeres, los homosexuales, los indígenas, los negros, los chicanos y demás individuos que protagonizaron esta revuelta literaria de mediados del siglo XX en Estados Unidos. Con esta obra el ensayista promueve, de manera definitiva, la obligación de instalar un orden abierto, la valoración de un sistema de herencias multidireccionales. Por ello, Luna creciente puede considerarse una nueva ética literaria que podría (o no) regir la futura reorganización y antologación de las literaturas, puesto que nunca ha habido sólo una. “Si en el pasado las antologías se hicieron como medida de emergencia contra la dispersión y el olvido –opina Yépez-, en la actualidad toda antología debe manufacturarse explícitamente como estrategia contra la estratificación y prestigio de las <>” (pág. 122).
Luna creciente, adecuadamente leído, puede ser un libro de superación poética; espiritualmente interpretado se convierte en una invitación –para el poeta- a transgredir los parámetros del oficio poético y, además, a establecer nuevas rutas consagradas a la búsqueda de aquello que, en algún momento, podrá reavivar el corpus de la poesía actual en nuestro país. No en vano, la obra de Yépez es de las pocas creaciones bajacalifornianas que infunde respeto, tanto por su devota indagación en el discurso de la literatura como por su calidad moral frente al análisis de los procesos sociales que originan el discurso mismo. Luna creciente, Contrapoéticas norteamericanas del siglo XX es una obra que, más que ser alabada, debe ser visitada. Incluso releída. Nunca es tarde. Está en la colección editorial del Centro Cultural Tijuana. Premio Nacional de Ensayo “Abigael Bohórquez”. Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste. Mayo del 2002. 142 páginas.
Posted by: Javier / 6:55 PM

lunes, enero 10, 2005

Pesadilla sin fronteras

Por Javier González Cárdenas
javiergonzalezcardenas@yahoo.com.mx

Y cuando desperté la línea ya no estaba ahí, donde solía estar. Y eso ya es mucho decir, porque la línea de uno en realidad es un orificio a todas luces desagradable al que no se puede renunciar, por más asepsia que intentemos preservar a lo largo y ancho del cuerpo, durante toda la vida. No voy a recurrir al chiste desgastado de que cuando uno toma asiento demasiado tiempo se le borra la línea, pero sí debo explicar que la línea estaba en otra parte. Mis miembros se habían desordenado de tal manera que resultaba difícil, bajo el efecto de la modorra, encontrar el lugar exacto en que se habían insólitamente reubicado. Mi primera reacción fue encender el televisor. Al tratar de tomar el control remoto descubrí que mi mano había sido reemplazada por uno de mis pies. Huelga decir que me mantuve horrorizado por varios segundos. Por fortuna aún contaba con mi mano izquierda y pude encender el televisor: ahí estaba Víctor Trujillo, el afamado periodista y analista político, escribiendo con un plumón sobre la superficie de un pizarrón blanco. Lejos de avocarme a descifrar el mensaje que Víctor escribía, me interesó aún más la malformación de su rostro. Tenía la cara de cíclope, esto es, con un ojo enterrado en la frente, mientras que a la altura de la boca sobresalía un par de dedos encorvados que le daban un aire de conejo tenebroso.
Luego de aquel atisbo espeluznante traté de incorporarme. Lo hice con mucha dificultad, pues de mis espaldas pendían dos rechonchas protuberancias que, por recato, me limitaré a nombrar como “lomo-trasero”. Con los dedos de mi mano izquierda ausculté el lugar donde solían estar mis nalgas y me topé con un par de omóplatos que sugerían la desfasada presencia de mi respectiva espalda. Como pude comencé a vestirme, al tiempo que tomé el control remoto para sintonizar el noticiero local. En tanto que forcejeaba con una sudadera alcancé a escuchar que la Franja Fronteriza se había trastornado por completo. Toda vez que logré colocarme la sudadera conseguí divisar la pantalla y noté que los gringos intentaban cruzar la aduana, hacia México, mostrando algunas identificaciones. Sin embargo, pocos de ellos lograban cruzar la Frontera, en tanto que las fuerzas policíacas repelían a otros que intentaban hacerlo por la fuerza. Cuando me coloqué la chancla en la mano derecha –que por cierto se encontraba donde debería estar mi pie izquierdo- alcancé a ver que las filas de automóviles para cruzar a Estados Unidos se habían disipado y, en cambio, un nutrido grupo de la policía municipal hacía las veces de barrera para impedir que algún gringo venturoso se internara en nuestro territorio.
Atribulado por las absurdas notas televisivas me dirigí a la cochera y en el camino no pude evitar toparme con una fotografía de mi familia. En la fotografía pude constatar una serie de escandalosas deformaciones pero, influenciado por la adrenalina del horror, preferí introducirme en mi jaguar del año para aparecerme de inmediato en la mansión del Presidente Municipal.
Detuve mi auto a la entrada y asomé mi rostro por la ventanilla del auto para que la cámara de video me echara un buen vistazo. “¡Toño, soy yo!” –me apresuré a gritar. Las puertas electrónicas de la mansión se abrieron y al introducir mi auto, mientras avanzaba, vi que Toño –así se llamaba uno de los guaruras del Presi- tenía la nariz estrambóticamente colocada en la frente y sus piernas parecían haberse achicado, de manera que su caja toráxica se encontraba a pocos centímetros del suelo.
Sin conceder mucha atención a las deformidades de la sirvienta que abrió la puerta de la mansión, me conduje con rapidez a la oficina del Presidente Municipal. Pasé por el detector de metales y la puerta se abrió automáticamente. Me deslicé por la alfombra roja de su despacho y conforme fui mejorando la visibilidad me encontré con que el Presidente, acodado en su escritorio, traía una toalla oscura y gigantesca en la cabeza. El escandaloso tono de la situación me conminó a evadir los desplantes protocolarios. “Señor Presidente, ¡¿qué demonios está pasando, por Dios?!” –le espeté. “No me señorees pinchi Ramírez, pues dónde chingados has estado que ni te das cuenta de lo que pasa en tu ciudad” –me contestó el Presi. “Nomás me encerré tres días con mis ninfas señor” –le dije. “Hay un desmadre en el país y tu parrandeándotela bonito. Pues qué no ves la foto –continuó-, estoy echo un asco”. Alcé la mirada hacia la pared, a espaldas del escritorio, y advertí, aterrado, que la foto en la que el Presi aparecía de medium shot junto a la bandera de México, revelaba una significativa alteración. La mollera del Presi mostraba un miembro masculino completamente flácido, acompañado por sus respectivas glándulas testicularias. “Los pinches gringos tienen la culpa de todo –prosiguió el Presidente Municipal-, como siempre, hacen su desmadre y uno es el que paga los platos rotos. Ahora sí, mínimo se declara una guerra nuclear. ¿Te acuerdas de la bombita que soltaron en Hiroshima y Nagasaki?”
Me quedé estupefacto cuando el Presi empezó a relatarme cómo los gringos idearon la campaña perfecta para minimizar los verdaderos alcances de los estragos nucleares, a sabiendas de que la radioactividad de los hongos de 1945 se habría de propagar por el mundo provocando deformaciones y mutaciones en todos los seres humanos. Me contó, además, cómo los gringos habían creado una droga con la que contagiaron al mundo, poco a poco, por todas las vías posibles: de manera audiovisual, a través del cine y la televisión; de manera auditiva, por medio de la continua exportación de música norteamericana; y a través de todos los medios imaginables, desde la ropa hasta los medicamentos. De manera astuta habían propagado sus virus creando una cortina de humo –un sueño de largo alcance- que no nos permitía observar la demoledora realidad de nuestras mutaciones, de tal forma que nuestras sensaciones y visiones se acomodaran a la preservación de la realidad anterior al cataclismo nuclear de 1945. De súbito comprendí mi aversión hacia el cine latinoamericano y la adicción al cine hollywoodense. Me cayeron muchos veintes. Por ejemplo, el que uno anduviera ansioso por asistir a los estrenos gringos y en la constante búsqueda de artistas güeros y modelos de vida norteamericanos. En esas estaba yo cuando se me ocurrió que algunos de mis negocios peligraban. Sobre todo mis congales de la avenida Revolución que sin gringos no iban a aguantar ni un mes antes de irse a la quiebra. “Señor Presidente, ¿y usté ya habló con el Presidente de la República?” –pregunté cauteloso. “Pinchi Ramírez –comentó con obvia suspicacia-, ya estaba tardando en salírsete lo empresario. Pero tú eres de los que menos perdería en este desmadre. Tu ruta de transporte colectivo se quedaría intacta, y tus centros comerciales ni se diga, los gringos no vienen a comprar aquí. Al Secretario de Turismo ya me lo amenazaron de muerte cuatro veces. La cosa está bien caliente. Bien caliente. Y claro que ya contacté al Ejecutivo. Me pidió que lo aguantara unos días y que le volviera a llamar, pero ahorita mismo le voy a regresar la llamada”.

El Presi tomó el auricular, comenzó a marcar el número y traté de centrar la atención en esa llamada pero, la entrada de un nuevo huésped –la mascota del Presi- desvió mis intenciones. Era una perra pastor alemán apodada “Nena”. Y a decir verdad, el nombre ya comenzaba a hacerle justicia, pues la nueva versión de la Nena, bajo las inevitables deformaciones radioactivas, incluía algunos rasgos de cuerpo humano -de hecho femeninos-, que resultaban difíciles de ignorar: tenía un par de nalgas lampiñas, estilizadas por el talle pronunciado de la cintura, y entre sus patas pendía un par de senos perfectos, de manera que la mezcla –o aparente cruza- resultaba evidentemente bochornosa y obscena a primera vista. Mientras el Presi balbuceaba algunos monosílabos (el Ejecutivo seguramente se limitaba a darle indicaciones a nuestro edil), no pudo dejar de sorprenderme el repentino promontorio que empezó crecer bajo su oscura toalla, abultándose sobre su cabeza, en tanto que lanzaba miradas lascivas hacia la Nena. Por puro pudor evité hacerle algún señalamiento y opté por preguntarle, en cuanto colgó el auricular, sobre lo que había comentado con el Presidente de la República.

“Me dijo que estaba a punto de dar un discurso en televisión nacional” –explicó el edil.

Dicho esto, el Presi tomó un control remoto y apuntó hacia la pared. La pared -que ciertamente no era pared, sino puertas corredizas disfrazadas como tal-, se abrió electrónicamente, obedeciendo a la señal del control, y desveló un monitor gigante ya encendido. La imagen mostraba al C. Presidente de la República -con el bigote instalado en la frente y otras anomalías exóticas- acercándose al podium con sobreactuada consternación. Así, el Presi y yo nos avocamos a escuchar el discurso que emergía con extraordinaria nitidez del surround sound calculadoramente instalado en el despacho:

“Hoy –expresó el Ejecutivo- nos enfrentamos a una pesadilla que es producto de nuestra vecindad con una de las naciones más poderosas del mundo. Las deformaciones son la tragedia de este día, pero confiamos en que el equilibrio y la simetría pronto reinarán de nuevo en nuestros cuerpos y nuestros rostros. Y todo volverá a ser como antes. Hoy, como mexicanos y, sobre todo, como humanos, nuestro deber es construir una alianza para erradicar un mal que nos aqueja a todos, sin distinción de razas, de credos y de nacionalidades. No debemos buscar enemigos en esta contienda, sino aliados, en estos momentos difíciles. El gobierno de los Estados Unidos ha sido capaz de reconocer sus errores y ha tenido la humildad de aceptar sus culpas. Hoy, Estados Unidos está dispuesto a facilitar mejores oportunidades de vida y trabajo para nuestros paisanos, y estamos atravesando por un momento propicio para que la bilateralidad de las relaciones entre ambos países se concrete finalmente y los acuerdos sean equitativos, con la autorización de más permisos de trabajo y mejores disposiciones arancelarias que beneficien ambos lados de la frontera. Por estas razones hoy México está dispuesto a apoyar al gobierno de los Estados Unidos en la investigación científica que será capaz de erradicar el mal que nos aqueja. Para esto hemos de estar concientes de que es necesario abrirnos a la importación de nuevos productos estadounidenses que nos devuelvan a la normalidad, a la belleza anterior en la que nuestros cuerpos y rostros gozaban de armonía, y de esta forma, darle carpetazo a la deformación que nos aqueja. “

Posted by: Javier / 5:56 PM

jueves, julio 17, 2003

He estado escribiendo uno que otro comentario en algunas páginas de internet que me han recomendado mis amigos. Y por ahí una chica de Guatemala descubrió una de mis opiniones. Se tomó la molestia de escribirme y ha resultado toda una delicia charlar con ella, cuando me la encuentro en el messenger. Es idealista -como uno-; curiosa -como uno-; culticomplicada -como uno-; y fotógrafa por añadidura. Además, me ha mostrado unos cuantos autorretratos (autofotografías) que me permiten sondear un poco en su rostro y, de paso, imaginar lo que pensaba en el momento en que alguien -quizá ella misma- accionaba el disparador para inmortalizar esos ademanes irrepetibles que la convierten en un ser humano único... misterioso... indescifrable... Esto, por extensión, me hace sentir poco común. Inquieto, digamos. Rodeado por una brisa sosegadora y, por qué no...bella. Espero que estos pensamientos, escritos al vapor de mi afán bloguero, no sean tema de interés en las pesquisas del AIRIEU.
Posted by: Javier / 3:43 PM
Desde que tengo este blogspot me ha nacido el presentimiento bloguero-paranoico de que mi alma está siendo monitoreada por analistas e investigadores de redes internetarias de Estados Unidos (AIRIEU), y este reflector imaginario me cohibe un poco a la hora de decir lo que tengo que decir. Por eso, mejor no lo digo. Por hoy, imagínenselo.
Posted by: Javier / 3:29 PM

miércoles, julio 16, 2003

Y cuando despertó, el dinosaurio ya había consumado el magnicidio.
http://www.documentroot.com/a/
Posted by: Javier / 7:52 PM
Confieso que no he leído el nuevo libro de Rafa Saavedra (Lejos del Noise), pero sí leí un fragmento que está publicado en uno de tantos bitácoras. El "textículo" (emulando a R. Castillo) se titula "Todos mis amigos". Se trata de un texto escrito con ánimo bloguero que nos da cuenta de un sentimiento pop-inflamatorio-depresivo-postpunk a la Rollins Band en la que todos y cada uno de nosotros deambulamos con un sarcófago a cuestas y, al mismo tiempo, nos convertimos en las víctimas de la velocidad estratosférica de nuestros tiempos. Claro, también devenimos reyes melancólicos coronados por una abundancia de comodidades que no estamos dispuestos a tolerar, puesto que lo más importante, a fin de cuentas, es permanecer insatisfechos. Saavedra escupe: "Siempre fuimos buenas personas, autoestima de rascacielo, risa y euforia en los ojos, casos difíciles que conocíamos algunas cosas y otras no, en picada por afterhours interminables y tardes de karaoke, años perdidos entre sus mentiras y nuestra ironía >>>going down. Ya no hay sitio a dónde ir, la vida se convirtió en una enorme bodega vacía y ahora, tras acabarse la penúltima fiesta, todos nos sentimos víctimas una vez más".
Un texto cuasi testimonial de notable garra, que vale la pena leer en la ebriedad de nuestra seudo-importancia existencial. He dicho.
Posted by: Javier / 5:43 PM
"Todo es puerta:
basta la leve presión de un pensamiento."
O. Paz


Posted by: Javier / 5:37 PM
http://www.bloglinker.com/query.php?id=2337>

Posted by: Javier / 5:15 PM
5f4c7b25

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