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El juguito es auspiciado por la Sociedad Interamericana del Ocio y la pérdida del tiempo. Su autor prefiere congraciarse con la hueva del lector y omite una descripción que considera, a todas luces, tan inútil y fragmentaria como su vida.
Sostiene Alano
Por Javier González Cárdenas
Me gusta platicar con Cló porque es la única entre mis amigos que me ha levantado el ánimo después de mi rompimiento con Clarissa. Tres años compartiendo la cama con la misma mujer no es cualquier cosa, y menos después de que anduvo rolando entre mis compas unas fotografías en las que aparezco en paños menores y en situaciones vergonzosas. Fotografías en las que se me ve en calzones lavando la taza del baño o barriendo la cocina, esa cocina que extraño y que Clarissa y yo compartimos por más de un año. Toda esa vergüenza me la tengo que tragar porque a Clarissa se le ocurrió prestarle los negativos de una fiesta a Rodolfo Gandarilla y éste, en vez de limitarse a imprimir las fotos del party, acabó imprimiendo también nuestras fotos personales. “Es lo malo de combinar fotos de fiestas con fotos privadas” –se limitó a decir Rodolfo, luego de que me lo encontré compartiendo su descubrimiento con los demás empleados en el comedor del Centro. Mis compañeros no me bajaban de mandilón y de pussy. Hasta tuve que aguantar las miradas burlonas de los intendentes. Y todo para qué, como dice la canción, tanto apechugar chingaderas para que Clarissa me trapeara el seso con mis debilidades. Y uno qué va a saber que su morra se iba arrejuntar con el Subdirector del Centro. Lo malo es verla llegar al trabajo todos los días abrazadita del Sub. Eso y lo otro: su predilección por las faldas cortitas que me hacen rabiar de deseo y rencor.
Prefería juntarme con Cló, aunque me tuviera lástima. Prefería atender sus consejos en vez de seguir escuchando los improperios y las guasadas de quienes decían llamarse mis amigos. Después de que Clarissa quebrantó nuestro nido de amor, Rodolfo se dedicó a hacer escarnio de mi pesadumbre. ¿Pues a cuántas morras te has echado al plato?, preguntó. Sólo a Clarissa, confesé. Con razón andas tan jodido compadre. ¿Y ella, a cuántos se ha echado?, insistió. Pos nomás se ha acostado conmigo, dije. De eso nunca puedes estar seguro hermano, pero si eso fuera cierto, pos luego luego se explica porqué te dejó Clarissa. A estas alturas ninguna morra se puede consolar con una sola gaver. Esa es la verdá. Además, todos queremos ir más allá. Nadie se conforma con una sola pareja en su vida. La vida es para vivirse mi hermano. Es lógico que Clarissa quiera explorar la cama con otros, contimás cuando tú has tenido una sola experiencia. Te pudiste acostar mil veces con Clarissa, pero eso cuenta como una sola experiencia. Para curtirse hay que subirse al ring con otros contrincantes, no puedes quedarte a boxear con un solo púgil, así nunca terminas de cuajar en el arte de la cogida.
Supuse que Rodolfo tenía razón, mi vida sexual no terminaba con Clarissa, así que me propuse obtener la experiencia necesaria para salir adelante. Decidí hacer exactamente lo que Rodolfo me había indicado. Me dediqué a visitar uno de los burdeles que me recomendó. Al principio me pareció extraño que un hombre casado conociera bien esos ambientes, pero supuse que por algo Rodolfo me llevaba varios años y vivía felizmente casado. Cuando le dije que me la pasé todo el fin de semana en el Túnel Rosa –así se llamaba el congal-, casi se caga de la risa. Me dijo que todo había sido una broma y que el mentado Túnel Rosa era un burdel de travestis. Yo le aseguré que no, y para sacarlo de dudas le mostré las fotografías que había tomado con la cámara de mi celular modelo M-EKUS 45. Yo pensé que en los congales no te dejaban tomar fotos, me dijo. Pobre wey, pensé, se nota que la vida conyugal lo tiene alejado de los nuevos avances de la telefonía celular. Le expliqué que lo único bueno que me dejó la separación fue darme el lujo de invertir en nuevos juguetitos, y que el M-EKUS 45 era un celular que podía tomar fotos a discreción, esto es, sin necesidad de abrirlo para enfocar el objetivo de la foto. No seas gacho Alano, mándame las fotos a mi correo electrónico, ¿no? Simón, le dije. ¿Y cómo te fue con las putas?, preguntó Rodolfo. Por falta de cultura en materia de educación sexual me vi impelido a soltarle la sopa. Le conté que al primer acostón una de las prostis se sacó de onda cuando al final del coito no pude separarme de ella, a causa de la cotidiana hinchazón que se me presentó en el glande. ¿No pudiste o no quisiste?, preguntó. Entonces le confesé que todos mis encuentros sexuales con Clarissa habían sido así: al final, cuando me venía, se me hinchaba el miembro y me resultaba difícil extraerlo de su vagina. La verdad –le dije-, yo siempre creí que eso era normal, pero como quería convertirme en un experto del sexo y la calentura no se me bajaba, esa misma noche me acosté con otra prosti que también se sacó de onda y me dijo que eso sólo le pasaba a los perros. No mames, dijo Rodolfo, eso no es normal cabrón, me late que tienes que ir al doctor. Pues con razón te botó Clarissa. No mames, eso es peor que la sodomía. Pobre Clarissa, imagínatela, le estabas destrozando la panocha. Rodolfo se alejó de mí, doblándose de risa por el pasillo principal del Centro.
Debo admitir, a riesgo de sonar cursi, que no me dolió tanto la risa de Rodolfo como me dolió su última frase. El resto del día, sumido en la chamba, no dejaba de escuchar: “pobre Clarissa, imagínatela, le estabas destrozando la panocha”. Debo aceptar que seguía pensando en Clarissa, incluso cuando subí las fotos de las putas a la computadora para enviarlas al imeil de Rodolfo. Con todo y eso, seguía recordándola, imaginándomela en los rostros de las prostis. Ese mismo día, para acabarla de chingar, mi amigo Rodolfo se dedicó a esparcir el rumor de que a causa de mi separación, la calentura me traía jodido y que, por despecho, me gastaba las quincenas en las prostitutas de un tugurio de mala muerte. Muchas de las secretarias que antes me saludaban con gusto –o con lástima- dejaron de hacerlo. Para colmo de males, en uno de tantos forwards, las fotos llegaron a la bandeja del correo electrónico del Sub. Entonces se armó la gorda. El Sub me mandó llamar. Entré a su despacho y no paró de hablar de la miseria de hombre en que me estaba convirtiendo. “Oye Alano –dijo el Sub-, no voy a hablarte de superior a subordinado, porque hay cosas que merecen otro tono, otro tipo de consideraciones. Tampoco quiero insinuar que tu comportamiento afecta la imagen de la institución, pero me preocupa tu estado psicológico, y me preocupa que todo el mundo esté enterado de cómo te parrandeas el sueldo en los prostíbulos. De hombre a hombre te digo que te estás convirtiendo en un remedo de ser humano. Esto me preocupa porque tu vida privada sólo debe ser de tu incumbencia y de nadie más. Estas fotografías que llegaron a mi correo electrónico llevan tu firma. ¿Qué no sabes que todos los mensajes de correo electrónico incluyen el nombre del remitente? Te lo digo como amigo, y no como superior: si cuidas tu reputación también cuidas la imagen de la institución. ¿Cómo puedes permitir que todas las secretarias del CEMAC se enteren de tus bajezas? Un hombre debe ser sarcófago de sus pecados, y no andarlos pregonando a los mil vientos. Hasta para eso hay que usar la ética. No es ético andar presumiendo las aventuras de uno. Y ésas fotos que enviaste son de mal gusto. Se nota que no te ha servido de nada trabajar en el Departamento de Artes Visuales todos estos años. Confío en que esta escena no se volverá a repetir, de lo contrario no me dejarás otra alternativa que actuar con mano dura. Puedes retirarte”.
Al salir de su oficina las secretarias me pusieron caras de reproche y me fui directo a la cafetería a comprar una bolsa de tostitos para alivianarme la cruda. Ya ni Angélica, la cajera de la cafetería, se dignó a saludarme, y cuando quise entregarle la feria me dijo que la colocara sobre el mostrador. Por lo visto tenía miedo de que le contagiara una infección. Me hubiera gustado gritarle que siempre uso condón cuando me meto con las putas y que utilizo guantes de látex para acariciarles el puerquecito, pero me contuve con tal de no darle la razón.
A la hora de la comida Cló también me lanzó una mirada de rechazo, pero su buena educación le impidió retirarme la palabra. ¿Qué te dijo el Sub? –me preguntó Cló.
- Me habló de ética el culero –le dije, un tanto alterado-, qué pinchi cinismo me cae. Como si fuera ético bajarle la novia a sus subordinados. Lo que más me cayó de a madre fue que dijo que mis fotos eran de mal gusto, pero el puto bien que autoriza las fotos de viejas encueradas en las exposiciones, desde teiboleras hasta mujeres embarazadas, dizque representando la sensualidad de la mujer. Son chingaderas.
- Es que tú también ya ni la haces Alano –dijo Cló-, ¿cómo se te ocurre pasarle las fotos a Rodolfo Gandarilla si sabes que te tiene envidia porque a él le toca el trabajo administrativo y tú te la pachangueas en el Departamento de Artes Visuales y Vacíos Performáticos?
- Entiéndeme poquito Cló –dije-, entiende que desde que Clarissa me mando al diablo me siento oxidado, como si me rechinaran las coyunturas, y necesito amigos en este momento, amigos que también me guíen para no quedarme sumido en la inercia del dolor. Son los únicos que pueden orientarme en esto, o ni modo que tú me acompañes a los congales. O ya mínimo me presentaras a una de tus amigas, pero ni eso.
- Te doy la razón –consintió Cló-, pero tú solito te la pones difícil, porque con esa reputación que te estás labrando no vas a pescar ni una pulmonía. Lo único que puedo hacer por ti es aconsejarte que no te juntes con esos envidiosos, porque nomás están sobres de tu chamba. Se nota a leguas que te quieren hacer quedar mal con el Sub. Pero es tu rollo. Tú sabrás lo que haces.
Era probable –muy probablemente, dijera mi amigo el Indio- que Rodolfo Gandarilla y el Tito Buenaventura me tuvieran envidia por trabajar en el Departamento de Artes Visuales y Vacíos Performáticos. Nunca creí que sus bromas tuvieran la intención de enemistarme con el Sub, hasta que al siguiente día empezaron a aparecer condones usados en mi escritorio. Por fortuna siempre llegaba quince minutos antes de las ocho. Eso me daba tiempo para deshacerme del condón antes de que arribara Soraya, mi asistente. En esos días, para colmo de males, me hice de palabras con un pintorcillo de segunda que se las daba de exquisito. En realidad pintaba cuadros decorativos y los hacía pasar por arte abstracto, pero nadie le podía hacer el feo a Carlos Herpez porque se llevaba de palmada y pellizco con el Sub. Era uno de los artistas intocables del CEMAC. Por desgracia ese día me topé a Clarissa besándose con el Sub, antes de bajarse de su auto, y el Herpez me agarró en un irascible estado de ánimo. Encima de todo el seudo – pintor le tomó una fotografía al yogurt chorreado que estaba sobre mi escritorio y dijo que pensaba mostrarla en su siguiente exposición, porque dizque “simbolizaba la eterna gula de la burocracia”. Después de semejante burla todavía me pidió prestado un vehículo institucional para trasladar uno de sus cuadros a la casa de un cliente. Me negué rotundamente arguyendo que debía solicitar ese servicio con tres días de anticipación y me tildó de inepto y desconsiderado. Me llamó roedor institucional, delante de Soraya, y alegó que el trato que le dábamos era injusto, y que si fuera un pintor proveniente del defe o extranjero, de volada le hubiésemos conseguido un raite. También amenazó con soltar un periodicazo donde expondría mi nombre y las injusticias burocráticas del Centro Municipal de Arte y Costura (CEMAC).
- Te van a llamar la atención Alano –profirió Soraya-, ¿no te da miedo que le llegue la noticia al Sub? El cuadro estaba muy grande, el pobre no lo puede trasladar a pie.
- Estos pintores tienen que aprender a tratarnos bien –le dije a Soraya, en tono pedagógico-, si te dejas te cogen estos cabrones. Por ese cuadro mínimo le pagan dos mil dólares, y todavía se pone a exigir como si el CEMAC fuera suyo. Tú eres testigo. Yo nunca me negué a proporcionarle transporte, sólo le sugerí que hiciera sus solicitudes con tiempo. De un día para otro no se puede. Además, así sirve que se acostumbra a pintar cuadros más chicos. Si no tienes auto, pues entonces dedícate a la fotografía. Es más fácil transportarla –concluí.
El viernes de esa misma semana, ni tardo ni perezoso, el Sub me mandó llamar. Como era de esperarse me sermoneó acerca del trato preferencial que debían rec